James Howard Marshall II, de casi noventa años y con una gran fortuna, le ha propuesto matrimonio a una joven y astuta belleza, Anna Smith.

El anciano sabía muy bien que Anna estaba con él sólo por el dinero y esperaba ansiosamente su muerte. Era obvio para cualquiera que conocía la historia. James murió poco después. La joven “vestiba de luto”, como de costumbre. Ahora estaba esperando el testamento.

Incluso se podría hacer una película sobre la reacción de Anna ante el anuncio de que su marido no le había dejado nada. James dejó toda su riqueza a su hijo Pierce. La mujer no se despertó enojada. Ella fue a la corte.

Mientras se tramitaba el caso, la mujer logró casarse con un hombre que la representó ante el tribunal. Pero ni siquiera esta unión la ayudó a ganar el caso. Toda la propiedad pasó a Pierce, pero él no pudo disfrutar de la herencia dejada por su padre porque éste falleció.

En ese momento, Anna tuvo un hijo y como Pierce había fallecido, el patrimonio de su ex marido pasó a manos de ella. Sin embargo, después de tener un hijo, la mujer comenzó a tener complicaciones y dejó este mundo pocos días después. No pudo disfrutar de su tan ansiada riqueza…







