Me casé tres veces y cada vez creí que sería la esposa perfecta: obediente, cariñosa y amorosa. Así me criaron: que una mujer debe apoyar a su marido, que la familia es lo más importante, que el amor significa sacrificio.

El primer matrimonio
Mi primer marido era encantador, alegre y lleno de confianza en sí mismo. Me enamoré perdidamente y soñé con nuestra vida juntos.
Hice todo lo que pude para hacerlo feliz: cocinaba bien, la casa estaba siempre limpia y me aseguraba de lucir hermosa para él. Pero un día simplemente me dijo: “Ya estoy harto de ti. Tú sólo cocina y no hagas nada más por mí”. Me quedé sin palabras. ¿Qué quiso decir con eso? ¿Estaba insatisfecho? ¿No hice todo bien? Él me dejó y me dejó sola con nuestros dos hijos. Fue duro pero tuve que seguir adelante. Trabajé duro para darles un futuro.
La segunda oportunidad
Cuando conocí a mi segundo marido, estaba convencida de que esta vez sabía cómo preservar un matrimonio. Yo era más maduro y más sabio. Creía que el amor significaba compromiso y devoción. Era más tranquilo, más responsable, pero poco ambicioso. No ganaba mucho dinero, pero eso no me molestaba. Me dije a mí mismo: “Lo haremos juntos”. Pronto tuvimos más hijos y una vez más dediqué mi vida a mi familia. Intenté no repetir los errores del pasado. Trabajaba, me ocupaba de la casa, pero el dinero nunca era suficiente. Mi marido no hizo nada para cambiar la situación: se conformaba con poco. Y luego me enfermé.

El verdadero rostro del amor
La enfermedad me golpeó de repente. Los médicos me dijeron que necesitaría meses de tratamiento. Esperaba apoyo, comprensión, ayuda. Pero en cambio vi indiferencia. Como si ni siquiera notara que estaba sufriendo, que lo necesitaba. Sus palabras fueron frías: “No tenemos dinero para tratamientos caros. No puedo hacerme cargo de ello”.
La tercera vez
Después de recuperarme, decidí que nunca volvería a ser la “esposa perfecta” que la sociedad esperaba de mí. Me casé por tercera vez, pero esta vez sabía exactamente lo que quería. Ya no buscaba a alguien a quien cuidar y hacer feliz, sino una pareja con quien compartir mi vida.







