El niño le dio a su profesor una caja extraña y sus compañeros se rieron de él, pero cuando la abrió, todos quedaron impactados. Al final del curso escolar, los alumnos del grupo 7 decidieron desearle felices fiestas a su profesor. Casi todos llevaron flores, cajas de regalo y tarjetas. Hubo una alegre aclamación; los niños discutieron acaloradamente sobre quién había donado qué. Entonces, un niño tranquilo y modesto se acercó a la mesa del profesor y la mayoría olvidó mencionar su nombre. Era un estudiante promedio, pero muy talentoso. Sin embargo, su madre había estado enferma constantemente el año anterior y no podía ayudarlo con sus tareas, además de haber fallecido recientemente.

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Una tímida sonrisa se dibujó en el rostro del niño; sostenía una caja extraña, envuelta en papel marrón y sellada con cinta adhesiva vieja. Algunos alumnos estallaron en carcajadas al instante. Alguien susurró:

“El mendigo ha vuelto a traer algo…”. El profesor tomó la caja automáticamente, con la intención de agradecerle, y dejó el regalo a un lado como de costumbre. Pero algo en los ojos del chico —una mirada de miedo y esperanza— la hizo abrir la caja de inmediato. Al despegar el papel y levantar la tapa, la clase quedó en silencio. De repente, todos los alumnos guardaron silencio, y la profesora lo miró sorprendida.
Dentro de la caja había una pulsera vieja y algo desgastada, decorada con piedras artificiales, y un frasco casi vacío de perfume barato. “Esto… esto es de mamá”, dijo el chico en voz baja, buscando las palabras adecuadas. “Solo pensé… que podría gustarles…”. Las últimas filas volvieron a reír. “¡Qué asco!”, susurró alguien. Pero en ese momento, la expresión de la profesora cambió. Su rostro se puso serio. Lentamente sacó la pulsera y se la puso en la muñeca. Luego abrió el frasco y se roció el perfume en el vestido. “Hueles igual que tu madre”, murmuró el chico con los ojos brillantes. La profesora se enderezó.

“Huele bien, ¿verdad, chicos?”
Se hizo el silencio. Algunos alumnos asintieron con vacilación. Las risas cesaron. A partir de ese día, todo cambió. La maestra observaba al niño con más frecuencia. Después de clase, empezó a trabajar con él por separado, explicándole que no habían tenido tiempo de revisar su trabajo. Descubrió que se había criado con su abuela, que su madre había fallecido un mes antes y que su padre había abandonado a la familia incluso antes. Con el tiempo, el niño empezó a reaccionar con más confianza. Sus notas mejoraron. Y, lo más importante, empezó a creer en sí mismo.







