En una noche tranquila, mientras el silencio desplegaba sus alas sobre las calles, el sargento de policía comenzó su turno con un vaso de papel de café negro y un breve informe al despacho. Durante años conocía cada rincón de esta ciudad, cada callejón y cada sonido que podía advertir de un peligro antes de que llegaran los servicios de emergencia.
Su patrulla azul y negra avanzaba con calma y seguridad sobre el asfalto, mientras las farolas de la calle se reflejaban en el parabrisas. La radio emitía un suave crepitar, todo parecía normal y tranquilo.

Al pasar por una calle poco transitada, su mirada se fijó repentinamente en una escena extraña: justo en medio de la acera, había un ataúd. Un ataúd pesado, de madera, con asas metálicas, como si hubiese llegado desde otro mundo.
El sargento frenó bruscamente, las luces de señal se encendieron automáticamente. Abrió la puerta con lentitud, un chirrido característico rompió el silencio y salió del coche. El viento frío rozó su espalda, y su mano se posó instintivamente sobre la funda de su arma. Todo en su interior le decía que algo no estaba bien.
Caminó lentamente hacia el ataúd, cada paso resonaba como un golpe sordo. El viento movía ligeramente su camisa bajo el chaleco antibalas.

Se detuvo a medio metro del objeto, se inclinó y levantó la tapa lentamente, conteniendo la respiración. Se quedó paralizado por el horror. El ataúd estaba vacío. Sin cadáver, sin forro interior, solo vacío y un ligero olor a laca fresca.
Se comunicó de inmediato con el despacho, que le informó que un camión de carga que transportaba una partida de ataúdes nuevos había sufrido un accidente en otra parte de la ciudad. Uno de los ataúdes salió despedido del compartimiento trasero, cruzó la carrocería y terminó en medio de la calle. El conductor, sin percatarse, siguió su camino y sólo horas después notó la pérdida al descargar.
Pero no era sólo eso. Las grabaciones de las cámaras de la calle mostraban que en el momento en que el ataúd apareció en la carretera, en un radio de 300 metros no había ni un peatón ni un vehículo. Como si la calle hubiese quedado desierta por un instante…







