Por las angostas y húmedas callejuelas se deslizaba el lúgubre sonido de las trompetas fúnebres. Se mezclaba con la fina llovizna que golpeaba, con un murmullo apagado, el techo oxidado de chapa ondulada… como si el cielo mismo llorara.
En el patio, envuelta en una penumbra silenciosa, descansaba sobre dos viejos bancos de madera una urna pintada de dorado.
El dolor sin descanso había llenado la plaza. Con las cabezas inclinadas, en silencio, todos lloraban a Isela, la dulce y bondadosa nuera que había perdido la vida al dar a luz.

Apenas tenía veinticinco años. Desde que se unió a la familia Ramírez, había cuidado de ellos con devoción, como si fueran su propia sangre.
Doña Carmen Ramírez solía decir con orgullo:
— Un hogar con una nuera como Isela es un hogar bendecido.
Pero apenas un año después, el destino golpeó con dureza.
Aquella noche, Isela se retorcía de dolor, las manos aferradas a su vientre hinchado, gimiendo entre lágrimas. Cuando por fin la llevaron al hospital, ya era demasiado tarde. El bebé jamás escucharía su primer llanto. Y ella… nunca volvería a abrir los ojos.
La familia quedó destrozada. Carmen gritaba desconsolada, de rodillas sobre las frías piedras del patio. Su esposo, Don Rogelio, permanecía inmóvil, con la mirada fija en la fotografía sobre el ataúd: Isela sonreía radiante, con los ojos llenos de vida.
Cuando llegó el momento de trasladar el ataúd, ocho jóvenes robustos dieron un paso al frente. Pero, inexplicablemente, el féretro se negó a moverse. Tensaban los músculos, jadeaban, pero era como si estuviera anclado a la tierra.
Una anciana del gentío murmuró:
— Aún llora… No está lista para irse.
En el profundo silencio, el sacerdote se adelantó y dijo en voz baja:
— Abran el ataúd. Todavía tiene algo que decir.
Con manos temblorosas, la familia levantó la tapa. Un murmullo recorrió la multitud.
El rostro de Isela parecía en paz, pero en sus mejillas aún brillaban los surcos de las lágrimas. Sus párpados estaban cerrados, pero las pestañas húmedas delataban un dolor que ni la muerte había podido borrar.
Carmen lanzó un grito y tomó la mano fría de su nuera.
— Isela… hija mía… no llores más… Si quedó algo sin decir, házmelo saber… Perdónanos…
El patio quedó sumido en un silencio absoluto. Entonces, un sollozo apagado rompió el aire.
Todos se volvieron. Luis, el esposo de Isela, estaba de rodillas, el rostro hundido entre las manos, temblando de llanto.
— Luis… — la voz de Carmen temblaba, — ¿la escuchaste?
Luis levantó el rostro, empapado de lluvia y lágrimas. Su voz era apenas un susurro roto:
— Fue culpa mía… Yo… yo fui la causa de su dolor…
Los presentes contuvieron el aliento.
— Aquella noche… ella escuchó que había otra mujer… No gritó, no discutió… Solo se sentó allí, llorando… y toda la noche se sujetó el vientre… Le juré que lo terminaría… que no significaba nada… Pero ya estaba tan herida… Aquella noche perdió el conocimiento… La llevé al hospital… pero… ya era tarde…
Él tartamudeó:
— Perdóname, Isela… por favor…
El ataúd se estremeció suavemente. El sacerdote asintió con gravedad:
— Me ha dejado ir.
Esta vez, el féretro se levantó sin dificultad. Las trompetas fúnebres sonaron de nuevo, mezclándose con la fría lluvia.
Luis permaneció de rodillas, sobre las piedras heladas, mientras sus lágrimas se confundían con las gotas del cielo.
Ningún “lo siento”, ninguna lágrima, podría desandar lo ocurrido.
Y por el resto de su vida, en cada sueño, en cada instante de silencio, lo visitaría la imagen de Isela —con sus ojos tristes— para recordarle que hay heridas… que no sanan con un simple “Perdóname”.







