Durante la boda, cuando todo el mundo parecía lleno de luz y felicidad, mi esposo de repente me tomó en brazos como un niño travieso y me arrojó a la fuente con agua helada. Su risa sonaba fuerte y despreocupada, pero mi corazón se encogió de dolor y sorpresa. No pude contenerme — y reaccioné…
Era un día con el que había soñado desde niña, tejido con los hilos más delicados de esperanza y deseo. El vestido blanco como la nieve, ligero y suave como una nube, bailaba con el viento; mi cabello brillaba como si estuviera hecho de rayos de sol; el maquillaje resaltaba perfectamente mis rasgos, y en mis manos sostenía un delicado ramo — todo era como en el cuento más hermoso. Acabábamos de intercambiar los anillos, el salón se llenó de aplausos, la luz se reflejaba en los ojos de los invitados y el aire vibraba de felicidad.

Afueras, a la sombra del verde, un pequeño estanque murmuraba suavemente — como una fuente mágica que brindaba calma y frescura. Su agua clara y fría invitaba con su pureza, y soñaba con lo hermosas que serían las fotos junto a la fuente.
Pero cuando llegó el momento de cortar el pastel de bodas, y todas las miradas se posaron en nosotros, sentí que la escena cambió de repente. Tomamos el cuchillo — y de repente él me levantó en brazos. Primero sonreí, pensando en ternura y romanticismo, pero un segundo después entendí — me llevaba directo a la fuente.

Mi grito se atoró en la garganta. El vestido se pegó inmediatamente a mi piel, el agua helada envolvió cada fibra de mi cuerpo, mis zapatos se llenaron de frío, y mi cabello cayó sin fuerzas sobre mi rostro, el maquillaje se borró. El tiempo pareció detenerse — los invitados quedaron paralizados, las risas se reprimían con dificultad, alguien jadeó.
Él, sin embargo — se reía. Su risa era fuerte y sincera, pero para mí fue como un cuchillo. Mi corazón se rompió de dolor y tristeza.
Y entonces no pude aguantar más…







