Padre regresó del ejército y vio a su hija durmiendo en un establo de cerdos. Nadie esperaba su reacción…

POSITIVO

El hombre acababa de cruzar la puerta cuando escuchó el llanto de su hija desde el chiquero detrás de la casa. La escena ante sus ojos era tan devastadora que incluso un soldado endurecido por la guerra debía quedarse inmóvil. Pero fue la manera en que enfrentó la situación lo que cambió por completo la perspectiva de todo el pueblo. Puedes recorrer cientos de kilómetros, atravesar desiertos y montañas, pero a veces la distancia entre dos personas no es más que una carta que nunca llegó a su destino.

Tomás Herrera permanecía sentado en silencio junto a la ventana del autobús, con las manos en exactamente la misma posición desde que el vehículo había salido de la terminal norte. Entre sus piernas descansaba una mochila polvorienta pero ordenada, de color tierra. Su palma estaba ligeramente húmeda, no por el sudor, sino por el papel desgastado que sostenía, con tinta azul que ahora apenas era una línea vaga, casi como tiza. Era la carta que ella acababa de leer por tercera vez desde que había salido del cuartel, y como siempre, el final le dejaba la garganta seca.

Papá, hoy no desayuné. Mamá Miriam dijo que no quedaban huevos en casa, pero vi pasar a la mujer que los vende. No pregunté nada, porque si lo hacía, me harían quedarme afuera en el jardín. Te lo cuento para que cuando regreses puedas tocar la puerta trasera, porque la delantera está cerrada con llave. La letra era temblorosa, inclinada hacia la izquierda. Cada palabra, escrita con la torpeza de una mano infantil aún en desarrollo pero llena de determinación, Alma la plasmaba como si temiera que alguien rompiera la carta, o peor aún, que ni siquiera la leyera.

Tomás bajó la cabeza y pasó a la siguiente página. Cada carta mostraba signos de haber sido abierta. Algunas tenían los bordes ligeramente rasgados, como si alguien hubiera dudado antes de decidir no enviarlas. Una de ellas tenía manchas que parecían de lluvia, pero Tomás sabía muy bien que no había tormenta dentro de un sobre cerrado. El conductor del autobús, un hombre de cabello encanecido y rostro arrugado, delgado pero ágil, rompió de repente el silencio.

—Eres un soldado. Esa vieja mochila dice mucho.

Tomás levantó la cabeza, cerró el paquete de cartas y lo colocó sobre su regazo.

—Sí, acabo de regresar tras cuatro años.

El conductor asintió y mantuvo la vista en la carretera. Durante unos minutos reinó el silencio entre ellos. El autobús saltaba sobre el camino pedregoso que conducía hacia el sur, flanqueado por hileras de cactus robustos. Cuando casi llegaron a la segunda bifurcación, que desembocaba en el camino sin asfaltar que atravesaba los ranchos, el conductor murmuró, casi ininteligible:

—No sé si lo habrás oído, pero dicen que una niña de la familia Herrera estuvo encerrada en el chiquero. Una semana entera sin comer. ¡Qué terrible!

Tomás se estremeció. El apellido Herrera no era común en esta zona. Y esa niña apartó la cara y trató de mantenerse tranquila. ¿Qué dijo? ¿Qué niña? El conductor lo miró por el retrovisor y sonrió irónicamente.

—No, nada. Ya sabes cómo son las cosas en la ciudad. Siempre circulan rumores. Quizá solo estaba atada afuera, en el jardín de la casa.

Nada grave. Tomás no respondió. Volvió a mirar por la ventana, pero esta vez no vio nada. Sus pensamientos comenzaron a girar como un torbellino. El autobús avanzaba lentamente, saltando de bache en bache. Pero por dentro, todos los sonidos parecían comprimidos. Las cartas, las palabras que regresaban una y otra vez como un eco en un pozo olvidado. Había confiado a su hija a Miriam el día del funeral de su esposa. Alma tenía apenas 3 años.

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