—Tiene un apartamento estupendo. ¡Después de la boda, deberías ponerlo a tu nombre enseguida!
La suegra ni siquiera se dio cuenta de que Olya estaba detrás de la puerta, escuchando cada palabra.
Sergei sonrió con incomodidad: —Mamá, venga… Me quiere. ¿Por qué tenemos que hablar del apartamento ahora mismo?
Pero su voz tembló. Y Olya lo oyó. Igual que todo lo demás.
Había llegado temprano a casa para cocinarle. La puerta estaba entreabierta, y la conversación que nunca debió haber escuchado le dio un vuelco a su mundo.
—Haz la transferencia. Firmará, porque te quiere.
Olya se sentó en una silla de la cocina e intentó respirar. No era una casa cualquiera. Era el apartamento de su abuela. Su infancia, sus recuerdos. Y ahora… un botín.
Cuando Sergei salió de la ducha, ella ya se había recompuesto. Sonrió como si nada hubiera pasado.
—¿Quieres unas chuletas?
Pero algo hizo clic en su interior. Decidió no discutir, sino actuar.
Olya concertó una cita con un abogado y redactó un estricto acuerdo prenupcial: el apartamento, solo suyo. Para siempre. Sergei fingió que no le importaba, pero ella vio la tensión en sus ojos.

Y entonces llegó la cena en casa de su suegra. Olya estaba lavando los platos cuando oyó:
«¡Firmará después de la boda! Solo di que es para un préstamo. Demuéstrale que la amas. ¡El apartamento tiene que ser nuestro!».
«Vale… lo intentaremos», respondió Sergei en voz baja.
A Olya le temblaban las manos, pero su rostro permaneció impasible.
Ya lo sabía: seguiría jugando hasta el final. Hasta la boda. No para casarse, sino para ver el momento en que su plan se derrumbara.
Y cuando Sergei la abrazó y le susurró:
«Eres lo mejor que tengo»,
ella supo una cosa con certeza:
Él no perdería el apartamento. Pero sí a ella. Y mucho antes de lo que pensaba.







