Pasé una semana llena de amor con un joven desconocido y estaba convencida de que solo era un romance vacacional común, pero al regresar a casa me esperaba una verdadera sorpresa.
Mi hermana y yo fuimos al mar a principios de septiembre. La temporada ya estaba terminando, había menos gente en la playa y todo se sentía tranquilo y un poco apacible. La primera noche fuimos a un pequeño café junto al agua. Estaba sentada allí, mirando la puesta de sol y sintiendo cómo por fin todo se calmaba dentro de mí.
Él mismo se acercó a mí. Preguntó si la silla estaba libre. Sonrió como si nos conociéramos desde hace mucho tiempo. Era más joven que yo, lo comprendí enseguida. Pero en su mirada no había burla ni interés superficial. Me miraba con seriedad y atención, como si yo fuera la mujer más importante en ese lugar.
Empezamos a hablar. Primero del mar, luego de la vida. Le dije de inmediato mi edad. Le dije que estoy casada y que no voy a hacer promesas. Él asintió con calma y respondió que no necesitaba nada excepto esos días. Sin futuro, sin planes, sin obligaciones.
Con él me sentía diferente. A su lado no era la esposa cansada acostumbrada a soportar y callar. Era una mujer. Viva, hermosa, deseada. Tomaba mi mano como si temiera soltarla. Me miraba como si yo fuera la más joven de toda la playa.
Caminábamos por la costa de noche, nadábamos en el agua cálida, reíamos sin motivo. A veces simplemente nos sentábamos en silencio mirando el mar. El tiempo con él pasaba tan rápido que no noté cómo llegó el día de la partida.
No intercambiamos promesas. No hicimos planes. Estaba convencida de que todo quedaría allí, junto al mar. Un romance breve que sería olvidado en cuanto regresara a mi vida habitual. Ni siquiera intercambiamos datos de contacto ni información personal.
El viaje de regreso fue largo. En mis pensamientos ya lo estaba borrando de mis recuerdos y me convencía de que era lo correcto.
Pero en casa me esperaba la “sorpresa” más terrible 😲🫣
Cuando abrí la puerta del apartamento, en el pasillo había unas zapatillas deportivas de hombre desconocidas. Caras, ordenadamente colocadas junto a la pared.
Desde la cocina se escuchó la voz de mi hija:
— Mamá, ¿has vuelto? Quiero presentarte a alguien.
Entré en la habitación y lo vi. Aquel chico de la playa.
Estaba de pie junto a mi hija.
— Este es mi prometido, pronto nos casaremos, ¿estás feliz? — dijo mi hija con una sonrisa feliz.
Y en ese momento comprendí que los romances de vacaciones a veces regresan a casa antes de que puedas olvidarlos.
Y ahora no sé qué hacer: decirle la verdad a mi hija y destruir su felicidad junto con mi familia, o callar y vivir cada día con esta mentira, fingiendo que nunca pasó nada. 🫣☹️









