Encontré unas extrañas bolitas blancas en la mochila de mi hijo de 15 años: él dice que son solo dulces, pero no le creo…
Cuando por la tarde estaba ordenando la mochila escolar de mi hijo de quince años, no esperaba nada extraño. Solo quería sacudir la basura y organizar las cosas, porque él siempre tiraba la mochila en un rincón y decía que luego lo arreglaría. Pero esa vez, debajo de los libros, mi mano encontró un paquete apretado y arrugado de papel blanco.
Al principio pensé que realmente era basura común. El papel estaba arrugado como si lo hubieran escondido rápidamente para que no llamara la atención. Ya iba a tirarlo a la basura cuando de repente sentí que había algo dentro. Desplegué el papel con cuidado y me quedé paralizada.

Dentro había bolitas blancas, más bien pequeños óvalos de forma regular, lisos, extraños, como si fueran artificiales. No eran completamente iguales, pero muy parecidos entre sí. Blancos, mates, con un olor desagradable y húmedo que no me gustó desde el primer momento. No eran caramelos, ni pastillas, ni dulces normales.
En ese momento, mi hijo entró en la habitación. Le mostré lo que había encontrado y le pregunté qué era. Primero se sobresaltó, luego apartó la mirada rápidamente y dijo con demasiada calma que eran solo dulces que le habían dado unos chicos de otra clase.
Por su voz entendí de inmediato que estaba mintiendo. Lo dijo demasiado despreocupado, como si ya hubiera preparado la respuesta y esperara que no investigara más.

Tomé una de esas bolitas blancas entre mis dedos y la observé de nuevo. No se parecía en absoluto a un dulce. Ni recubrimiento de azúcar, ni olor dulce, ni siquiera una cáscara dura normal.
Entonces no pude más: tomé una servilleta y presioné ligeramente para entender qué había dentro. La superficie se rompió y en ese mismo instante sentí como si un frío me recorriera.
Dentro no había lo que temía ver, y eso no lo hizo menos aterrador, sino todo lo contrario.
Eran huevos. Huevos reales de alguna criatura. Ni siquiera pude hablar de inmediato, solo miré a mi hijo, y él entendió que ya no tenía sentido seguir ocultándolo.
Resultó que los chicos de la otra clase no le habían dado esos huevos sin motivo. Uno de ellos tenía lagartos en casa y, como luego se supo, llevaba sus huevos a la escuela desde hacía tiempo.

A algunos se los contaba, a otros se los mostraba, y a algunos incluso se los vendía. Para los adolescentes, todo esto parecía una especie de entretenimiento extraño. Mi hijo también cayó en eso.
Le dio curiosidad ver cómo de un huevo saldría una pequeña criatura, y decidió que podría criarlo en casa sin decirle nada a nadie.
Confesó que quería esconderlos en su habitación y esperar a que alguno eclosionara. Ya había leído en internet cómo mantenerlos calientes, dónde colocarlos y con qué alimentar a las crías después.
Dijo todo esto con un entusiasmo tan extraño, como si se tratara de un experimento inofensivo y no de reptiles vivos que podían aparecer en nuestra casa en cualquier momento.😨😨😨😨😨😨🦖🦖🦖🦖🦖🦖







